LAS MANOS Y SU CONCEPTO


Luis Canelo


No trato de presentar la pintura de Soto Mesa desde una escala de valores preestablecida. Me conformaría con una aproximación sobre lo que a mí me parece que es su propuesta, y a su vez sobre lo que me sugieren sus obras. Nos conocemos desde los orígenes de la galería Edurne y he seguido ininterrumpidamente su trayectoria, de modo que me acerco a sus intenciones y resultados como un amigo pintor que interpreta con la proximidad de lo familiar y que, sin renunciar a la intuición clarificadora del concepto, se olvida de objetivos evaluadores. No intento convencer a nadie y el pintor tampoco pretende adoctrinar; más bien ofrece sus trabajos desde la prudente distancia que todo artista debe tener ante los propios resultados, como un homenaje de respeto inteligente a la dimensión inefable del arte.


Soto Mesa, privilegiadamente informado por su larga experiencia docente, y seguramente por esto, nunca ha tenido la tentación de sentirse notario de las ideas estéticas, no ha sentido la necesidad de defender dogmáticos manifiestos como reivindicación personal, no ha planteado tesis fundamentalistas ni por sí mismas ni por estrategias; más bien está instalado en la actitud de que el hecho artístico, al ser una prolongación de la propia subjetividad, jamás tendrá una definitiva justificación que llevaría a peligrosos radicalismos.


Estamos ante un artista que se debate entre la presencia y la ausencia, la proximidad y la distancia, la evidencia y el misterio. Y todo por la ambivalente paradoja de la síntesis, que busca tanto el concepto ensimismado más esencial, como el aspecto artesanal de lo realizado con las manos.


Parece plantearse un manifestar desvelando según presencias, sorprendentes incluso para sí mismo, pero no con la pretenciosa solemnidad de un demiurgo creador, sino de modo más humano, humilde, cotidiano. Cree en la dignidad de la actitud estética, desde el asombro como tal, sin desbordamiento, serenamente; dejándose sorprender, sin mediaciones, aceptando la obra, los resultados, más como la prolongación natural de la propia identidad que como una investigación programada sobre criterios extrínsecos o excesivamente teóricos.


El punto de partida es el clásico juego perceptual figura-fondo enfatizado con toda nitidez. A partir de aquí expongo sobre esta relación bipolar una serie de parejas de conceptos, antes aludidos, que, entendidos dialécticamente podrían ser éstos:

 

Presencia-ausencia

 

Ciertamente aparecen unos cuerpos-formas de marcado perfil y de intencionada ambigüedad, entre la geometría, tan detenidamente estudiada por él en otros momentos, y la naturaleza orgánica o mineral, sobre fondos que, tratados con esmero, no pierden protagonismo en la estructura de la obra. Parece que los intereses del pintor están lejos de asuntos científicos, analíticos o descriptivos. Más bien se trata de representar estos cuerpos-formas sorprendidos en un instante permanentemente inmóvil, dado que no invitan a plantearse el antes y el después. Por ello, la intempestiva irrealidad de su presencia, a la que no encontramos causalidad justificadora, nos sugiere a su vez una posible y repentina ausencia, con la misma gratuidad o misterio con la que aparecieron. la inmediatez del cuerpo-evidente en diálogo, paradójicamente silencioso, con el fondo-ámbito sobre el que se destaca, fondo que a su vez no es neutro, sino que se nos impone en anónima y sugerente densidad.


Evidentemente no hay la menor insinuación formal a las posibles trayectorias físicas del aparecer-desaparecer. Estamos en las antípodas del lenguaje de los futuristas. Aquí la máxima quietud de lo representado nos permite postular, por contraste, su ausencia, quizá porque para apropiarnos de la realidad nos basamos en el principio de causalidad y cuando éste no es aplicable nos parece que podría suceder una cosa y la contraria.

 

Proximidad sensorial-distancia conceptual

 

Soto Mesa ha demostrado a lo largo de su trayectoria artística una evidente intermitencia entre ambos aspectos, en etapas que alternan un intimismo sensorial descriptivo con geometrías sólidamente conceptuales. En esta serie de obras aparecen ambas actitudes. Los cuerpos-formas sugieren presencias inmanentes a la naturaleza: vestigios orgánicos o minerales, fisuras remotas, engramas geológicos, apariencias materiales de origen desconocido. No se trata aquí de investigar como tesis la memoria biológico-geológica que está escrita en las huellas de estos cuerpos desprendidos de ocultas cosmologías. Precisamente, por el contrario, todo el ámbito de la tela parece sublimado desde la irrealidad de lo inexplicable según una distancia conceptual que se apoya tanto en la congelación relativamente geométrica de la figura, como en la opacidad de una gama de colores matizada de tal modo que aísla al objeto de las peripecias cotidianas, conocidas, observables, y que a su vez recoge cierto halo del paisajismo intemporal de la tradición pictórica española. Pero no renuncia al contacto sensorial. El pintor disfruta pintando, manifestando la insistente huella del pincel, lo que nos sugiere, incluso, los valores táctiles o gustativos que son los más inmediatos de la sensorialidad. Quiere apropiarse de la obra por la continuidad de la manufactura técnica que va de la mano a la tela; en este sentido la obra tiene la inmediatez orgánica de la criatura, pero a la vez, y es la paradoja permanente, son representados estos seres desde una distancia que sugiere cierto desamparo cósmico. Sin embargo, no hay drama, sino algo del fatalismo estoico, resuelto en un sereno determinismo. Se juega con dos opuestos; por una parte la apropiación operativa técnica: depositar insistentemente el pincel, amasar el cuadro, manifestar la dignidad de lo elaborado con la mano en el aspecto más tradicional de la pintura. Por otra, la aceptación de lo inaprehensible, la prudencia de no acosar en exceso con preguntas innecesarias, proponer la fecundidad del misterio en el arte.

 

Evidencia-misterio

 

Cuando hablo con Soto Mesa sobre su obra, insiste en la verdad del trabajo con toda humildad. Sabe que esta verdad no se revela por demostración, que sabiamente asume como imposible, sino por mostración. Adopta la actitud de la ética formal que es la entrega de la disponibilidad más sincera. Ciertamente se apoya en firmes criterios plásticos para dar la obra por resuelta, pero no se interroga en exceso por una verdad-adecuación entre lo líricamente pintado y un supuesto referente objetivo analizable. Para él ésta es su evidencia. Situado en la tradición intuitiva dice sentir rechazo al análisis metodológico “a posteriori", y como consecuencia no tiene tentaciones de convencer demostrando, sino que simplemente aspira, sabiendo la enorme dificultad de la aventura, a conseguir la verdad-revelación. De tal manera que cuando crea formas entre reconocibles y fantasmales lo hace motivado más por el existir como acontecimiento enigmático, misterioso, que como caracterización descriptiva de un cuerpo en su comportamiento físico real. De hecho, cuando en algún caso representa dos de ellas, éstas se mantienen en una muda coexistencia y no en convivencia temporalizada.

 

Síntesis

 

Soto Mesa pinta en una actitud de riesgo. La simplicidad estructural de la composición, la inmediatez de la técnica tradicional, la evidente manifestación perfilada de las formas, sitúan sus obras en el límite de la economía de medios y de concepto. Consciente de la situación, lo asume desde la síntesis como depuración conceptual y como centro de gravedad de su lírico ensimismamiento. Esto implica que sólo hay una posibilidad de acertar y muchas de equivocarse. Por ello, a pesar de la aparente ambigüedad de las formas, su definitiva aceptación es precedida de un controlado estudio de su situación espacial, de un cuidadísimo dibujo del perfil y de un lento rumiar la factura técnica tanto en la piel de los cuerpos como en la resonancia cósmica de los fondos.

Aquí están sus resultados. Estas son sus intenciones. En esta actitud reside su honradez. Soto Mesa no desea hacer teóricamente explícitos sus planteamientos. No intenta reivindicar un debate sobre la vuelta a la pintura de factura tradicional, le basta con saber que lo que pinta es la prolongación sincera de su propia personalidad.


Fiel a su enorme respeto por el fenómeno artístico, no lo asedia con preguntas especuladoras porque sabe que la realidad y esa interpretación posible de la misma, que es el arte, siempre nos desbordará.

 

febrero 1995

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