FRANCISCO  SOTO MESA :    ATENTA ESCUCHA

 

Alfonso de la Torre

 

Interrogador de las formas, es algo que ya quedaba revelado en el singular geómetra que conocimos, aquel soñador de las líneas, tal escribí en otra ocasión(1) sobre Francisco Soto Mesa (Madrid, 1946).  Un antiguo geómetra prudente a quien siempre he visto palazuelino, pues pareciere que uno de los quehaceres que ha emprendido este artista, con insistencia, -infatigado y silencioso, largamente superadas cuatro décadas de tarea creadora- ha sido evocar el surgimiento de las formas en la oscuridad del caos de lo real, portadoras aquellas de una singular energía luminiscente, debatiéndose por ser presentes, por emerger y expresar su necesidad inefable, su verdad entre el espacio incierto que otrora fuere el lino de sus cuadros.  Avanzando en las interrogaciones, muchas de sus obras, -una selección de las relativas a los tres últimos años son ahora expuestas en el CEART bajo el misterioso y musical título de “13,14,15”-, portan un aire lagunar, viajeras entre lo fluido y lo sólido, revelando el surgimiento de unas formas potentes y extrañas develadas desde el espacio blanco, sin cesuras entre lo sólido y lo blando. Pareciendo ubicarse en un tembloroso -mas patente- reino intermedio, el del movimiento de lo vivo orgánico: línea, meandro, rama, nervio, brote o metamorfosis, interioridad del cuerpo y paisaje, surgimiento y delineación de lo infinito buscando el infinito: pues las formas se extienden sobre la superficie del espacio pictórico hasta construir la citada verdad necesaria tentada por el artista.   

Búsqueda incesante que realizan las líneas pareciera que buscando el reposo, generando formas entre la turbulencia del espacio, este un refugio, tal escribirá Palazuelo en su “Cuaderno de Paris”: “así pues, privada de reposo, la idea del espacio parece buscar sin cesar el infinito de la augusta presencia (refugio), moviéndose, en el infinito interior de la impotencia humana obsesionada por una visión, en ocasiones agitada y otras flébil, siempre desconsoladamente dirigida, mas en vano, hacia lo ilimitado”(2). Esa atenta escucha(3), referida al comienzo titular, me recuerda lo escrito por un vislumbrador Eusebio Sempere para la primera exposición en Madrid (1974) de nuestro pintor, con aire de vaticinio pues aquella muestra en la galería Edurne eran lienzos intitulados y quietos, edificios y paisajes de una figuración ordenada y despojada, grávida, con un aire a lo Carrá(4), representación del pasaje de una historia hacia otra historia: “produce -escribe el pintor de Onil- una angustiosa sensación de calma pre-apocalíptica”(5).   Era este el rumor, que entiendo es escucha, tal  la representación de un avance en la penumbra en múltiples direcciones: “ver lo no visto antes, conocer una parte de lo desconocido para mí”(6), enlazando así con esa proclama de Rimbaud, aquello extremadamente inquietante, despojado y rotundo, expresado en una carta de 1871 a otro poeta, y muy válido para comprender la tarea del artista: “trouver une langue; du reste, toute parole étant idée, le temps d’un langage universel viendra”(7) o, su equivalente, en Apollinaire: “Oh, bocas, el hombre está buscando un nuevo lenguaje”, en el Diccionario Surrealista(8).  Como expresara también Bonnefoy, la lengua ansiada por Rimbaud no surgiría entre las lenguas conocidas que nos rodean sino más bien de una palabra distinta, destilada por la voz del arte, expresión también de un fértil desarreglo del sentir(9), el que supone la experiencia artística. Un inédito lenguaje, -una voz distinta y no hollada entre nosotros-, generador de formas nuevas, la revelación de esas presencias necesarias que, como veremos, para Soto Mesa es cuestión fundamental.  

Pintor venerado por pintores, secreto reconocido por estos, y estoy pensando en los artistas que han escrito sobre Soto Mesa, valga el ejemplo del elogiador de la discreción, Gerardo Rueda(10), coleccionista además de su obra.  En este punto, no parece vano que algunos de los elegidos para escribir sobre su pintura fueren también habituales glosadores de eso que hemos llamado el trabajo de lo visible, el embate con lo real, un viaje entre la luz analizado por las numinosas escrituras de Pureza Canelo, Cristino de Vera o María Zambrano(11) en textos sobre la obra de Soto Mesa o tomados por analogía. Tampoco me extraña que uno de sus retratos favoritos le halle en el medio de un paisaje invernal, despojado, en soledad mirando el suelo, nostalgia de la tierra diría Zambrano, el artista convertido en las hojas que crepitan a su paso(12). Pues hay algo en su quehacer que suena a hermético, pareciendo invocar la aporía en la que ejerce su tarea de pintor: la búsqueda sobre aquello que no está al alcance de la visión.

 

 

Soto Mesa es un pintor, como dijo tautológico e intenso José María Moreno Galván(13), un buscador de la emoción, la profundidad y la esencia(14).  Mas dicha búsqueda de la esencialidad no ha esquivado sea también un pintor inquieto, constructor de incitaciones al pensar, erigidor de tal vislumbramiento de certezas, antes que las certezas mismas, pues realiza sus obras partiendo de un sistema de composición de aire cabalístico no exento de azar, que el proceso irá depurando en el camino de su conclusión.  Dicho aire azaroso no estará reñido con la aplicación del método con una especial lucidez no exenta de severidad, aunque los resultados obtenidos, al emerger sus formas, oculten las luchas interiores.  Es el elogio de la anamnesis, el platónico ejercicio de va y ven, dejar discurrir la mente sin la intervención de la voluntad y al azar de cada momento, de nuevo la atenta escucha, aceptando tal existencia y contemplando su realidad necesaria más allá de nuestra propia condición. 

Miró, Herbin, Delaunay, los pintores cubistas, Gordillo, un cierto surrealismo, parecen anotarse, como faros de su viaje, en algunos lienzos de esta “13, 14, 15”, quizás herencia antigua(15).  En este punto, pareciere que su obra mantiene un cierto nervio surreal, ese despojamiento de la voluntad y la intervención medida del azar, casi desde los paisajes antes citados y que enlaza ahora con el proceso surgido de tal especial metafísica que proponen sus pinturas, un método personal y elogiador de los arcanos, de una fuerza extraña extraída de una cuadrícula de puntos, -“la siembra”, en palabras telúricas del artista(16)-, sobre la que, en tal diagrama, se revela algo hasta entonces inexistente.   Abro nuevamente el Diccionario de los surrealistas, la voz es de Breton: “el azar sería la forma en que se manifiesta la necesidad exterior para abrirse camino en el inconsciente humano”(17).

También los títulos, de un fuerte componente hermético y sugeridores de los arcanos de la alquimia, son concebidos entre un complejo análisis de posibilidades, con fuerte peso, nuevamente, del azar, una contingencia que este artista relaciona con el tiempo en que fueron ejecutadas las pinturas.   Elevándose así los signos, entre la introspección y el despojamiento, el hermetismo titular parece propender a una cierta amplificación de ese silencio.   Un silencio que, empero, no es exactamente la nada sino, más bien, un energético callar, un único lugar lleno de preguntas, una tensión de aire utópico pues es frecuente en su pintura la eterna pregunta, casi una esencial dialéctica,  sobre la forma y la informa.  Es una lógica personal de este creador, son sus reglas del juego, que a veces parecen evocar las composiciones musicales, reglas las de este, también, imaginador introvertido que le permiten el enfrentamiento diario con el lienzo, alejando el consabido pavor del espacio en blanco.   Sutil y atrevido, para Soto Mesa el espacio no es la nada sino que es energía e intensidad, un espacio pleno de incógnitas, en el que se desarrollará el signo, la “exaltada ordenación” que citara Sempere(18).    Y es un espacio de reflexión, cuajado de interrogaciones y dudas que, tal irradiaciones, componen la necesidad de un territorio ambiguo, que a veces es frecuentado por la presencia evidente de pentimentos, de zonas pictóricas en las que se ofrece la duda.  Plenitud de preguntas en sus lienzos:  sobre las líneas; en torno a los espacios y su movimiento en los que a veces emergen poderosos huecos (como en “Sizei” o “Henebe”, 2014); las formas que se deslizan de lo rotundo a lo suspendido (“Ibeq” u “Oesbe”, 2013); la declaración gozosa de lo lleno (“Taaoko”, 2014) o el pasmo de las formas que revelan el vacío (“Leoki”,  2014); las líneas contundentes u otrora tal meandros por los que navega el color (“Aet”, 2013); el espacio encendido o la superficie de armónicas llamadas del colorido (“Emeoat”, 2013); perfilamiento y viaje interior alejado de los límites, evocando a los cuadrados con círculos concéntricos kandinskyanos (el citado “Henebe” o en “Keebi” y “Rerer”, 2014); la mancha de aire gestual, pareciere palpitante y el plano prístino de color o las idas y venidas de las superficies planas que parecen preguntar sobre la tercera dimensión (“Kloat”, 2013). Radical incitación al pensar, arden las imágenes, pues al cabo, en la obra de Soto Mesa no sólo se acomete el proceso de plantear la resolución de una idea sino que, a la par, ésta es tan pronto revelada como deconstruida, infatigadamente, tras realizar el análisis de un extensísimo capítulo de lo que podríamos llamar el campo de sus posibilidades. Exploración de la forma, pues cada forma es, para Soto Mesa, un mundo que también se autoexplora, ¿qué habrá más allá de los límites, más lejos del fin?, para tentar acercarse a vislumbrar lo desconocido. 

Elogiador de la duda, ya escribimos, de un cierto hermetismo poético, mas no como un elemento más sino como verdadero centro de sus planteamientos: tal la vida, todo parece ser variable y complejo de aprehender, revelan las pinturas de este artista: todo es una incógnita.  Búsquedas en las que se eleva un pandemonio de posibilidades: una suerte de armónica disrupción; la presencia de la mención a la elasticidad y lo rotundo; el encuentro entre lo corpóreo y lo abstracto; la contención de una forma por otra o, por contra, su eclosión; la compatibilidad entre lo rítmico y lo arrítmico; lo que fluye y lo que parece detenido; lo arduo y lo expresado con apariencia de sencillo, todo ello con naturalidad en el mismo plano pictórico.   Y el color, ese contrapunto que decía Kandinsky en su análisis sobre lo espiritual en el arte.  Es el proceso de Soto Mesa, su necesidad interior, un quehacer lento, delectándose en la morosidad de lo que ha sido cuidadosamente concebido, de ahí la importancia que otorga a la mención de la complejidad del proceso y que le lleva a componer apenas una docena de cuadros al año, una exhaustiva búsqueda en el enredo de su personal laberinto, recordando aquellas bien conocidas de Octavio Paz refiriéndose al universo de Michaux: “una larga y sinuosa expedición hacia algunos de nuestros infinitos en busca siempre del otro infinito”.  Creación obtenida tras aquel proceso compuesto de diversos apuntes o aproximaciones al cuadro final, meditadas reflexiones que parecen ir en pos de la construcción de lo que él llama “presencias”.   Unas presencias que, obviamente, no estaban antes, lo cual queda contumazmente reflejado por el aire que tienen de emerger, de ubicarse poderosamente sobre un espacio neutral a modo de fondo.  Presencias que, una vez creadas, esas formas potentes y extrañas surgidas de un catártico proceso de análisis y concentración, casi de búsqueda de un nirvana de los signos, suponen, además, su imperiosa necesidad.   

 

“Una criatura hay en mí”, subrayaba transido el místico irlandés Russell(19), y es esa la verdadera tarea que emprenderá el artista, -quehacer o, más bien, condena- tal el reo abocado impenitente al viaje, a la búsqueda “de todos los tesoros”, ese “mundo de oro que nos rodea”(20).  Ahondar en las apariencias hasta el vértigo, obstinado en tal viaje, convocatoria a lo que allende está, ocultándose, como invocando en aquellas múltiples direcciones la búsqueda sobre aquello que, antes, no estaba al alcance de la visión. Imágenes preexistentes en la conciencia de éste que taumatúrgicamente viene, imperioso, obligado a refundarlas, dotándolas de vida, movimiento y voz.

 

Conocer como necesidad ineludible de tentar la realidad profunda, indagación en el reino oscuro de lo que nos rodea, crear para desbaratar lo aterrador del enfrentamiento a la vida: un fértil ensimismamiento creador.  Y, en Francisco Soto Mesa, revelada es tal necesidad casi como un fulgor, un ethos de artista, obligado a conocer lo hasta ahora desconocido. Su existir se asemeja a aquella verdad armónica que no oculta el cierto escalofrío que, tras tan largo caminar, ha buscado siempre este creador.  Vive de tensiones el arte, y muere de distracciones, decía Zóbel(21). Atenta y tensa escucha, no exenta de belleza, la que ha realizado Soto Mesa en su larga trayectoria.

 

 

Notas

 

(1) “El mundo de la abstracción de la visión arquitectónica ha sido una de las preocupaciones de (…) un artista paciente e inquieto capaz de viajar, con naturalidad, entre muy diversas indagaciones pictóricas (…) ejercicio de líneas y formas destilado por otro artista soñador de las líneas y practicante de la reducción del color, con mucha frecuencia bitonal, pareciere muy en la estela de un mundo constructivo, que parece devenir sencillo tras el escondite de la complejidad de su concepción”.  DE LA TORRE, Alfonso. El trabajo (y el anhelo) de lo visible. Madrid-Caracas: Galería Odalys, 2014, p. 38.

(2) PALAZUELO, Pablo. Cuaderno de Paris, 1953. Inédito.  Cortesía de la Fundación Pablo Palazuelo. 

(3) “(…) en muchas ocasiones, cuando estoy trabajando, tengo la sensación de estar escuchando. Pensándolo bien, creo que no se trata de una mera ilusión personal, sino de una experiencia o sentir enraizado en el hombre. En los libros proféticos de muchas religiones, en sus mitos, casi siempre nos encontramos con el tema del sonido original. En el tantrismo, por ejemplo, el sonido es la fundación, el cimiento de las formas; es un sonido el que coagula la forma. En el Evangelio de San Juan, el verbo (el sonido) está en el principio. Existe, pues, una unidad presentida desde siempre entre lo que suena y lo que es forma. ‘Si oyes con la vista y ves con el oído, estás en el camino cierto’, dice un maestro zen.  Se manifiesta, pues, desde los orígenes el sentimiento de un sonar universal rítmico y formante. Creo que lo que se ve y se oye son dos aspectos diferentes, pero muy cercanos, de una misma cosa, y, por eso mismo, creo que existe una música callada y una soledad sonora de las que nos habla san Juan de la Cruz”. PALAZUELO, Pablo. Cuando trabajo, me parece que estoy escuchando…. Madrid: El País,  “Artes”, año IV, nº 121, 6/III/1982, p. 3.

(4) Estoy pensando en el Carrá de “Il Pino sul mare” (1921), portada de la monografía sobre este, o de “L’Albero” y “L’Attesa” (1926).  LONGHI, Roberto. Carlo Carrá. Milán: Ulrico Hoepli Editore, 1945.

(5) SEMPERE, Eusebio. Aproximación a la pintura de Francisco Soto Mesa. Madrid: Galería Edurne, II/1974.  “Concibe el mundo con exaltada ordenación que después protege con la cobertura de un lirismo inmutable y un análisis realista carente de énfasis y turbulencias”.  Ibíd.

(6) PALAZUELO, Pablo-POWER, Kevin: Geometría y visión. Granada: Diputación de Granada, 1995.

(7) RIMBAUD, Arthur. Lettre du Voyant (a Paul Demeny, 15 Mayo 1871).  “Œuvres complètes”. Paris : Gallimard-La Pléiade, 1972. Y proseguía Rimbaud : “Cette langue sera de l’âme pour l’âme, résumant tout, parfums, sons, couleurs, de la pensée accrochant la pensée et tirant. Le poète définirait la quantité d’inconnu s’éveillant en son temps dans l’âme universelle (…)”. 

(8)BRETON, André-ELUARD, Paul. Dictionnaire abregé du surréalisme.   Paris: Galerie Beaux Arts, 1938.  Edición española. Madrid: Ediciones Siruela, 2003, p. 58.

(9) RIMBAUD, Arthur. Lettre du Voyant, op. cit.

(10) RUEDA, Gerardo. A Paco Soto Mesa. Madrid: Galería Edurne, 1975, p. 4. “Actualmente un grupo de personas sabemos que es un buen pintor”, señalaba Rueda, refiriéndose a esa admiración por Soto Mesa de los otros pintores.  También insistía en su carácter discreto: “quiero insistir en la discreción de Soto Mesa (…)”. En Ibíd.  Entre otros pintores, han escrito también sobre él, Luis Canelo, José María Iglesias o Joaquín Pacheco.  Con Gerardo Rueda coincidió en la Feria ARCO de 1986, en un stand bajo el título de “En la tinta plana”, compartido entrambos junto a Enrique Gallego.

(11) CANELO, Pureza. Luz. Madrid: Galería Edurne, 1977, p. 6; VERA, Cristino de. A Paco Soto Mesa. Madrid: Galería Edurne, 1975, p. 7;  ZAMBRANO, María. Nostalgia de la tierra. Vélez Málaga: Fundación María Zambrano, 1997 (texto de).

(12) Un retrato de Manuel Rufo, realizado en la Casa de Campo madrileña (I/1995).

(13) MORENO GALVÁN, José María. Francisco Soto Mesa. Madrid: Triunfo, nº 820, 14/X/1978, p. 68.

(14) FERNÁNDEZ-BRASO, Miguel. Soto Mesa: ejercicios sobre la realidad. Madrid: ABC, 27/IV/1975, p. 31.

(15) “(…) hay en Soto Mesa un cierto paralelismo con determinados surrealistas ¿No había también un paralelismo entre los surrealistas y los metafísicos?”.  MORENO GALVÁN, José María. Francisco Soto Mesa, op. cit.

(16) Conversación del artista con este autor. 4/III/2015.

(17) BRETON, André-ELUARD, Paul. Dictionnaire abregé du surréalisme, op. cit. p. 19.

(18) SEMPERE, Eusebio. Aproximación a la pintura de Francisco Soto Mesa, op. cit.

(19)RUSSELL, George William. L’architecture du rêve-Candle of vision.   En  Palazuelo. Paris: Maeght Éditeur, “Derrière le miroir”, nº 104, 1958.

(20) “Il y a quelque chose, une créature en moi, qui va d’un tel train qu’à vouloir la suivre je m’essouffle, condamné á n’être toujours qu’un traînard derrière cette voyageuse qui peut, elle, remonter l’infini des temps et en revenir chargée de tous les trésors de ses périples entre deux battements de mon cœur”. Ibíd.

(21) ZÓBEL, Fernando. Pensando en Gustavo Torner.  En: Torner. Madrid: Ediciones Rayuela, Colección Poliedro, 1978, pp. 3-6